El nido vacío del libro publicado

Mientras uno escribe un libro, es dueño del mismo. Puede reescribirlo tantas veces como quiera, cambiar el orden de los capítulos, añadir o quitar material, modificar la maquetación o probar distintas portadas. Podría decirse que en esa etapa de creación, el libro se deja hacer y el escritor siente que está a los mandos de todo el proceso.

Sin embargo, cuando la obra es publicada, el autor comienza a padecer una especie de síndrome del nido vacío. Ya no controla el libro, sino que este cobra vida propia. Ya no hay cambio posible (en cierto modo, una nueva versión es un libro distinto). Los lectores leen, interpretan y valoran el trabajo realizado, tomando lo que les gusta y desechando lo que no. A veces existe una sintonía entre la intención del autor y el mensaje que recibe el lector. En otras ocasiones, el resumen, la conclusión, la moraleja, no son, ni de lejos, los que el escritor tenía en mente, pero poco o nada se puede hacer ya al respecto.

Un libro es como una flecha. El arquero tiene control sobre la flecha mientras esta se encuentra en la aljaba o entre sus dedos, pero en cuanto sale del arco, son muchos los factores que pueden hacer que la flecha acabe clavándose en el blanco o volando sin rumbo. La cuerda tensa es el límite. Cuando se dispara, ya no hay vuelta atrás.

Lo importante, lo que todo autor desearía, es que el libro diera siempre en la diana. Solo eso puede mitigar la sensación de vacío que le queda a uno cuando piensa en lo que pudo ser y no fue, en lo que pudo hacer y no hizo, en lo que quiso escribir y lo que otros entienden que ha escrito.

Menos mal que aún quedan otras flechas por disparar. Si no fuera así, el vacío se haría verdaderamente angustioso…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.